El rítmico goteo del grifo que nunca llegaron a arreglar; el puntual zumbido del despertador con el que se levantaba cada mañana, aunque llevase dos años sin trabajar; el ronroneo del carrusel deportivo que escuchaban los domingos, en el coche, de vuelta a casa; el rugido de la moto que le regaló cuando todo iba bien; las jotas que se atrevía a cantar con una copilla de más; los ladridos del perro del vecino; el disparo de la escopeta que llevaba tanto tiempo sin usar; todo, todo, deviene en silencio cuando entra en casa de su padre y encuentra la orden de desahucio bajo la puerta.
Con este texto me uno a la II Primavera de Microrrelatos Indignados. Podéis conocer más sobre esta iniciativa y leer otros microrrelatos en:




